viernes, 9 de febrero de 2007

Covadonga en el tercer milenio


Nada hay que haga con más gusto que hablar de la Santísima Virgen María, especialmente desde su advocación de Covadonga, que adquiere un significado profundo desde la perspectiva de este tercer milenio que acabamos de comenzar. Lo hago desde el recuerdo y la veneración que siento por el Papa Juan Pablo II, que se postró en Covadonga a los pies de la Santina, otorgando al Santuario una nueva proyección que hasta entonces no tenía hacia muchos lugares del mundo. Lo hizo en el contexto de su peregrinación a las raíces de Europa, después de visitar Santiago de Compostela. En aquella resplandeciente e histórica mañana del 21 de agosto de 1989 de la que tantos fuimos testigos, Juan Pablo II nos dijo: «He querido subir hasta aquí, a la montaña santa de Covadonga donde, desde hace siglos, la Esposa del Espíritu Santo, la Virgen María, está rodeada de veneración y amor». A la Santina confió «el proyecto de una Europa sin fronteras, que no renuncie a las raíces cristianas que la hicieron surgir».

El tercer milenio ha de estar marcado por ese modo de entender al hombre que nos presenta el Evangelio, donde nadie es extraño para nadie, donde todos los hombres nos sentimos hijos de un mismo Padre y por ello hermanos. ¿Qué otro proyecto entrega esto! Y donde las razones que Dios nos da para vivir no se experimentan como algo extraño a la vida o a la historia, sino que resultan como lo más natural, pues todo lo que existe proviene de Dios, que ha generado en el hombre la capacidad de amar y de mirar al otro como hermano. El Evangelio nos manifiesta cómo Dios puso en el corazón del ser humano la aspiración de alcanzar la plenitud, mucho más allá de los deseos particulares, de los deseos naturales y de los promovidos socialmente. La persona posee el deseo profundo de ir más allá de sí mismo, la aspiración del equilibrio pleno, la unificación completa y armónica de su propia vida. En el silencio de Covadonga, en la reflexión a la que invita la Santa Cueva, experimentamos estas razones y sentimientos de una manera singular.

¿Qué sabiduría tiene el Evangelio al decirnos que la clave de la felicidad que tanto ansía el ser humano no se encuentra en la meta de uno mismo, sino en correr hacia la meta que es Jesucristo, viviendo como Él, olvidándose de uno mismo! Y, según el Evangelio, no cabe ponerse en marcha hacia la plenitud más que a través de la relación, de la experiencia del otro. En Covadonga se experimenta desde la realidad misma que se vive y desde la historia que contiene, un camino para ir más allá de nuestra propia persona, para ir de uno mismo al otro, para encontrarnos con quien da sentido pleno a la vida. La Santa Cueva de nuestra Señora, ese santuario bendito que el pueblo ha consagrado a la Santina con esa imagen que tiene la belleza de introducirnos en el conocimiento de Jesucristo, es un monumento al Señor que da el sentido a la vida y a la Maestra que nos lo ha enseñado: María.

En Asturias, la presencia de María, siempre vigilante y solícita, afectuosa y filial, tiene como gracia en Covadonga un monumento a la primera creyente en Cristo, a la mujer que había creído y de la cual se pudo decir «dichosa tú que has creído». Ella nos marca un admirable itinerario de fe que conduce desde Nazaret a Belén, del templo de Jerusalén a Egipto, desde Caná de Galilea al Gólgota y a los pies de la Cruz, para encontrarla en el cenáculo con los discípulos en la espera de Pentecostés. También ahora en Covadonga nos encontramos con María siendo testigo de Jesús y precediendo a la Iglesia en el camino de fe, esperanza y caridad. Ella, aquí en Covadonga como en el cenáculo, es garantía de la autenticidad de una Iglesia en la que no puede estar ausente la Madre de Dios.

Por eso, desde este lugar bendito de Covadonga se puede mostrar a todos los hombres desde dónde se engrandece la vida y adquiere densidad nuestra existencia, al tiempo que se agranda la historia y la identidad de los pueblos. Y este lugar que oferta sentido no lo podemos guardar para nosotros mismos, pues Covadonga es un imán que atrae misteriosamente la mirada y el corazón de todos los hombres, primero de todos los asturianos y también de toda España, y por qué no decirlo, de todos los pueblos. No puedo dejar de recordar a tantos emigrantes que partieron de esta tierra de Asturias y que, esparcidos hoy por lugares lejanos con nuevas generaciones de descendientes, siguen teniendo su mirada y su corazón puestos en este santo lugar. También ellos saben dar razones para vivir aprendidas en esta escuela nueva de María que es Covadonga.

En Covadonga, una de las primeras piedras de Europa cuyas raíces cristianas tienen aquí un manantial importante, se inició, alentados por la Santina y muy unidos a Ella, una manera de vivir y de expresar la existencia bajo la inspiración del Evangelio. ¿Qué fuerza tiene Covadonga para Asturias, para España y para todos los hombres! No ha habido en la historia de la humanidad un manantial y una fuente como la que es Jesucristo mismo. Por eso, aunque algunos de los que bebamos de Él no vivamos las consecuencias que produce este agua, sin embargo hemos de confesar que es el único manantial con energía capaz de renovar esta humanidad. Aquí es donde yo veo mejor la actualidad de Covadonga, la fuerza que tiene para proyectar y generar creatividad en este tercer milenio comenzado.

No se puede prescindir de esa vida nueva, de esa fuente espiritual de energía que desde hace ya más de trece siglos brotó de las montañas de Covadonga a impulsos de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo y de la presencia de María. Una Asturias unida y solidaria, dispuesta siempre a ensanchar y engrandecer el profundo significado de estos términos; una Asturias que supo y sabe hacer experimentar que lo mejor se hace juntos y unidos; que contagió esta forma de vivir y de ser a todos los pueblos de España y después del mundo, no puede prescindir de este lugar santo que es Covadonga como referente de tantas generaciones de hijas e hijos de esta tierra, que han rezado ante esta imagen pequeñina y galana, al tiempo que experimentan su protección.

Covadonga es presencia explícita del auténtico humanismo del Evangelio de Cristo, lugar que impulsa a la misión para entregar el humanismo verdadero. La subida a esta montaña es símbolo de todo un itinerario que recorrió la Virgen María y que de su mano podemos ahora recorrer. Os aseguro que en estos casi cinco años en que os sirvo como Arzobispo en Asturias, he podido constatar cómo junto a la Santina se puede encontrar la paz del corazón, la alegría de la reconciliación y el perdón, la gracia de la renovación en la raíz misma de la existencia, la capacidad para vivir como familia humana.

Covadonga es seno maternal, cuna de fe, lugar de nacimiento de un pueblo por obra del Espíritu Santo. En este tercer milenio Covadonga sigue siendo, quizá como más fuerza, pero desde las mismas raíces, con nuevas expectativas y nuevos horizontes: inspiración y proyecto; impulso para la creatividad, para la convivencia, para la unidad y para la solidaridad; lugar de experiencia de la libertad que alcanza el ser humano en Dios; punto de encuentro para ver en el otro a un hermano; en definitiva, lugar para hacer vida lo que nos dijo le Señor con tanta expresividad: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».


Carlos Osoro, arzobispo de Oviedo

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